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Bullae à calculi de Suse — Aux racines de l'écriture comptable

בולות מסוסה

Autor: Comptables élamites et sumériens anonymes
Fecha: c. 3700–3600 av. J.-C.
Conservación: Musée du Louvre (Paris), Musée national d'Iran (Téhéran), Penn Museum (Philadelphie)

depositado el 1 de mayo de 2026 · registro Historia · depositario, no propietario

Descripción

Antes de la escritura, existieron los fichas. Durante el IV milenio antes de nuestra era, los mercaderes y administradores de Susa (Elam, suroeste del actual Irán) y de la baja Mesopotamia utilizaban **calculi** — pequeños objetos de arcilla con formas codificadas (esferas, conos, discos, tetraedros) — para representar unidades de mercancía: un cono para una medida de grano, una esfera para una oveja, etc. Para sellar un envío, encerraban las fichas en una **bulla de arcilla hueca**, sobre la que imprimían sellos cilíndricos para identificar al emisor. Para verificar el contenido sin romper la bulla, los escribas tuvieron la idea —decisiva— de **imprimir también las fichas sobre la superficie exterior** del envoltorio. De esta práctica nació la idea de que los signos en dos dimensiones podían ser suficientes: ya no hacían falta los objetos, solo su huella. Dos siglos más tarde, esas huellas se convertirían en pictogramas sobre tablillas planas: la escritura cuneiforme. Para la Memoria judía, este documento es el ancestro lejano pero real del Libro. Sin la revolución de las bullae en Susa, sin esa intuición de que el signo puede reemplazar a la cosa, no habría habido Torah escrita, ni rollo del mar Muerto, ni siquiera alfabeto. El Pueblo del Libro desciende, por filiación técnica, de los contadores de Susa. La Biblia misma recordará Susa como una gran capital imperial (libro de Esther, libro de Daniel) —sin saber, quizás, que fue también en Elam donde sus propias herramientas simbólicas comenzaron.

En la historia

Investigación crítica

Datación

English

Before writing, there were tokens. Throughout the 4th millennium BCE, merchants and administrators in Susa (Elam) used coded clay tokens — calculi — sealed inside hollow clay bullae as proto-accounting devices. The decisive step was to imprint the tokens on the outside of the bullae: from there emerged the idea that signs alone could replace objects, leading to cuneiform writing.

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