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Origen geográfico: Empire ottoman — Izmir
registro Memoria · depositario, no propietario
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Le Grand Livre — Carmona — Zakhor, https://zakhor.ai/es/grands-livres/familles/carmonaUn mismo nombre, cien rostros.
El mismo apellido, transcrito de forma distinta según las lenguas, las épocas y las diásporas.
Latín1
עברית · Hebreo1
La Base central de nombres de las víctimas de la Shoah de Yad Vashem recoge a las mujeres, los hombres y los niños asesinados durante la Shoah. En ella puede buscar a las personas que llevaron el nombre Carmona.
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Le patronyme Carmona appartient à cette vaste famille de noms séfarades dont l'origine se lit directement dans la géographie de l'Espagne médiévale. Il s'agit d'un ethnique, c'est-à-dire d'un nom tiré d'un lieu : la ville de Carmona, dans la basse Andalousie, non loin de Séville. Comme le rappelle Joseph Toledano dans son dictionnaire onomastique, ce nom d'origine espagnole est un ethnique de la ville de Carmona en Andalousie, porté aussi bien par les Juifs que par les Chrétiens de la péninsule ibérique [Toledano, 1999]. Cette double appartenance — juive et chrétienne — est caractéristique des toponymes devenus patronymes : la ville marquait l'identité de ses habitants, quelle que fût leur foi, et le nom accompagna les uns et les autres lorsque les routes de l'exil ou de l'installation se séparèrent.
L'histoire de la famille Carmona s'inscrit dans le grand mouvement séculaire qui, au fil des persécutions, des conversions forcées et des expulsions, dispersa la judéité hispanique sur les rivages de la Méditerranée. Comme le souligne encore Toledano, après l'expulsion de 1492, le nom Carmona fut plus répandu dans les Balkans et l'Empire ottoman qu'au Maghreb, avec la variante orthographique Karmona [Toledano, 2003]. Cette répartition géographique — orientale plutôt que maghrébine — oriente d'emblée notre récit vers Constantinople, Salonique et surtout Izmir, la Smyrne des chroniques, où la notice familiale situe l'établissement principal de la lignée.
Le présent ouvrage tente de suivre, avec la prudence que commande l'état lacunaire des archives séfarades, le fil d'une lignée dont le nom porte en lui-même la mémoire d'un lieu andalou et le destin d'une diaspora. Nous distinguerons soigneusement ce qui relève de l'établissement documentaire, ce qui appartient à la déduction vraisemblable, et ce qui demeure du domaine de la tradition transmise.
La ciudad de Carmona, encaramada sobre un escarpe que domina la campiña sevillana, fue uno de los antiguos focos del judaísmo hispánico. La presencia judía en Andalucía se remonta a la Antigüedad tardía y conoció, bajo la dominación musulmana y luego bajo la reconquista cristiana, fases de prosperidad y de calamidad. Haïm Zafrani, en su estudio sobre los Judíos de Andalucía y del Magreb, mostró hasta qué punto la civilización judeo-andaluza constituyó un crisol intelectual y espiritual cuyo influjo superó con creces los límites de la península [Zafrani, 1996].
El mecanismo onomástico que dio origen al patronímico es bien conocido por los especialistas. Cuando una familia judía abandonaba su localidad de origen —para establecerse en otra ciudad o, más tarde, para emprender el camino del exilio— solía ser designada por el nombre del lugar que había dejado. Así nacieron decenas de patronímicos sefardíes: Toledano (de Toledo), Cordovero (de Córdoba), Franco, Behar, y por supuesto Carmona. Toledano insiste en este punto: el gentilicio no era un signo distintivo confesional, puesto que tanto Cristianos como Judíos de Carmona podían llevar ese nombre [Toledano, 1999].
Conviene aquí ser rigurosos: la existencia del nombre Carmona en Andalucía está establecida, al igual que la presencia judía en esa ciudad antes de 1492. En cambio, sería imprudente pretender reconstituir una filiación continua y documentada que vincule a una familia judía concreta de la Carmona medieval con los Carmona otomanos de los siglos siguientes. Los archivos del período anterior a la expulsión son fragmentarios, y el nombre se difundió por vías múltiples. Lo que la onomástica establece con certeza es el origen geográfico del nombre; lo que no puede garantizar es la unidad biológica de todos sus portadores. La prudencia de Yerushalmi, que tanto trabajó por desenredar la madeja de las identidades conversas y sefardíes, debe servirnos aquí de guía metodológica [Yerushalmi, 1998].
El decreto de expulsión promulgado por los Reyes Católicos en marzo de 1492 constituye la cesura fundacional de la historia sefardí. Decenas de miles de judíos abandonaron España, mientras que otros se convirtieron, engrosando la masa ambigua y dolorosa de los conversos. André Chouraqui describió esta gran conmoción y sus repercusiones a través de todo el mundo mediterráneo [Chouraqui, 1985]. Yerushalmi, por su parte, dedicó páginas decisivas a la suerte de los marranos y de los nuevos cristianos de origen hispano-portugués, cuyo destino se prolongó mucho más allá del año 1492 [Yerushalmi, 1998].
Para los portadores del nombre Carmona, el dato geográfico establecido por Toledano resulta esclarecedor: el nombre se encuentra principalmente en los Balcanes y en el Imperio otomano, y con mucha menor frecuencia en el norte de África [Toledano, 2003]. Esta distribución no es fortuita. El Imperio otomano, bajo Bayezid II, acogió favorablemente a los exiliados de España, viendo en ellos un enriquecimiento humano y económico para sus provincias. Salónica, Constantinopla, Adrianópolis y, más tarde, Esmirna, se convirtieron en las capitales de esta nueva Sefarad oriental.
El hecho de que el norte de África —geográficamente tan próximo a España— haya recibido menos Carmona que el Oriente otomano merece detenerse en él. Los trabajos de Hirschberg sobre la historia de los judíos del norte de África y los de Eisenbeth sobre su onomástica confirman la relativa escasez del patronímico en los registros magrebíes [Hirschberg, 1981]; [Eisenbeth, 1936]. Esta ausencia relativa constituye, por contraste, un argumento a contrario a favor de la orientación oriental de la lignée: es hacia el Egeo y los Balcanes donde hay que buscar a los Carmona, no hacia Fez ni Tremecén. Los repertorios bibliográficos de Attal permiten medir la amplitud, pero también los límites, de la documentación norteafricana disponible sobre estas cuestiones [Attal, 1973].
La notice familiar sitúa el establecimiento principal de los Carmona en Izmir, la Esmirna de los europeos, puerto mayor del Imperio otomano sobre el mar Egeo. Esta localización es coherente con todo lo que la historia nos enseña del judaísmo esmirniota.
Esmirna conoció, a partir de finales del siglo XVI y sobre todo durante el XVII, un espectacular auge comercial que la convirtió en una de las grandes plazas del Levante. Los mercaderes sefardíes desempeñaron en ella un papel de primer orden, actuando como intermediarios entre el interior de Anatolia y los negociantes europeos —venecianos, franceses, holandeses, ingleses— instalados en las escalas del Levante. La notice que nos ha sido transmitida describe con precisión una familia «activa en el comercio levantino y en la vida comunitaria». Esta doble vocación —el comercio y el compromiso comunitario— corresponde al perfil típico de las grandes familias judías esmirniota, cuyas más prósperas asumían funciones de dirección en el seno de la kehila.
Aquí se produce una intersección entre la Memoria familiar y el saber histórico: la tradición que hace de los Carmona comerciantes y notables comunitarios de Izmir se ve reforzada por el cuadro general que trazan los historiadores del judaísmo otomano. Sin embargo, en ausencia de un vaciado de archivos específicamente consagrado a esta lignée —registros rabínicos, pinkasim comunitarios, actos notariales de los consulados europeos de Esmirna— debemos calificar esta concordancia de probable más que de establecida. La verosimilitud es sólida; la prueba documental nominativa queda, en el estado actual de nuestra información, por aportar. Sería deshonesto presentar como un hecho atestiguado lo que sigue siendo una reconstrucción plausible fundada en la coherencia del contexto.
Au-delà de Smyrne, le nom Carmona apparaît dans plusieurs foyers du judaïsme ottoman, ce qui témoigne de sa diffusion balkanique et anatolienne relevée par Toledano [Toledano, 2003]. À Constantinople comme à Salonique, des porteurs de ce nom figurent parmi les notables, les négociants et parfois les hommes proches du pouvoir.
Salonique, que Gilles Veinstein a justement nommée la « ville des Juifs », offrit à la population séfarade une densité et une autonomie communautaires uniques dans tout l'Empire : les Juifs y formèrent longtemps une majorité relative, structurée en congrégations issues des différentes villes d'origine ibérique [Veinstein, 1992]. Dans un tel environnement, un patronyme d'origine andalouse comme Carmona s'inscrivait naturellement dans la mosaïque des congrégations dites « des expulsés » (megorashim).
La tradition orale et certaines chroniques évoquent, à Constantinople, des Carmona ayant occupé des fonctions financières auprès de la cour ou de dignitaires ottomans — profil du sarraf (banquier-changeur) ou du fermier d'impôts, rôles où les élites juives et arméniennes étaient nombreuses. Nous ne rapportons ce point qu'avec la plus grande réserve : il relève, en l'état, davantage de la mémoire transmise que de l'archive vérifiée dans le cadre du présent ouvrage. On ne saurait, sans dépouillement direct des sources ottomanes, attribuer avec certitude tel épisode précis à la lignée que nous suivons. Le lecteur retiendra la vraisemblance du profil socio-professionnel — négociants, financiers, notables communautaires — sans en fixer prématurément les détails biographiques.
Cette prudence s'impose d'autant plus que le nom, porté par plusieurs familles distinctes, ne garantit pas l'unité de souche. Comme le rappelle la méthode onomastique de Toledano, un même patronyme peut recouvrir des lignées sans lien de parenté, réunies seulement par une origine géographique commune [Toledano, 1999].
Toute grande famille séfarade se raconte à elle-même à travers un récit — parfois teinté de légende — qui relie le présent à la splendeur perdue de la Sépharade médiévale. Les Carmona n'échappent pas à cette économie de la mémoire. La conscience d'une origine andalouse, la fierté d'un enracinement smyrniote, le souvenir des synagogues et des fonctions communautaires : autant d'éléments qui, transmis de génération en génération, constituent le patrimoine immatériel de la lignée.
Ce registre de la mémoire transmise doit être accueilli avec respect, mais aussi avec discernement. Les récits familiaux tendent naturellement à ennoblir les origines, à combler les lacunes documentaires par des figures glorieuses, à unifier ce que l'histoire a peut-être laissé épars. L'historien ne les rejette pas : il les situe. Ils disent une vérité — celle de l'identité vécue et revendiquée — qui n'est pas nécessairement celle des actes notariés.
La langue elle-même fut un vecteur de cette transmission. Le judéo-espagnol, ou ladino, parlé par les Juifs d'Izmir, de Salonique et de Constantinople, conserva pendant plus de quatre siècles la mémoire linguistique de l'Espagne perdue. Porter le nom d'une ville andalouse tout en parlant une langue héritée de la Castille du XVe siècle : c'est là toute la condition séfarade, faite de fidélité obstinée à un pays qui l'avait pourtant chassée. La saga des Juifs d'Afrique du Nord et d'Orient, telle que la retracent des ouvrages de synthèse contemporains, illustre cette dialectique de la perte et de la fidélité [Goldenberg, 2014].
Nous rangeons donc ce chapitre sous le signe de la mémoire et du transmis, non de l'archive : il rend compte de ce que la famille dit d'elle-même et de ce que la tradition lui a légué, sans prétendre à la certitude documentaire.
El siglo XX trastornó las comunidades sefardíes de Oriente y del Magreb. En Smyrne, el gran incendio de 1922, consecuencia de la guerra greco-turca y del fin del Imperio otomano, devastó la ciudad y provocó la partida o la ruina de numerosas familias. La comunidad judía esmirniota, durante largo tiempo próspera, entró desde entonces en una fase de declive demográfico, acentuada por las sucesivas emigraciones hacia Francia, las Américas y, más tarde, Israel.
Para los Carmona de Oriente, como para tantas familias sefardíes, el siglo fue el de la dispersión: de Smyrne hacia Europa occidental, de Salonique —cuya comunidad fue aniquilada por la deportación nazi durante la Segunda Guerra Mundial— hacia los escasos refugios posibles. La trágica historia de los judíos bajo los regímenes de persecución ha sido documentada para el norte de África por Michel Abitbol en su estudio sobre el período de Vichy [Abitbol, 1983], y para otras regiones por una abundante literatura. Para las ramas eventualmente establecidas en Marruecos o en el mundo árabe, los trabajos de Robert Assaraf sobre la historia contemporánea de los judíos de Marruecos iluminan el contexto de las últimas décadas [Assaraf, 2005].
Calificamos este capítulo de probable en la medida en que aplica a la lignée Carmona los grandes movimientos atestiguados de la historia sefardí del siglo XX, sin poder reconstruir, a falta de archivos familiares analizados aquí, el recorrido individual de cada rama. La trayectoria de conjunto —declive de los focos históricos, dispersión hacia nuevos países, recomposición de las identidades— está sólidamente establecida; su aplicación al detalle de la familia sigue siendo una inferencia razonada.
Al término de este recorrido, la lignée Carmona aparece como un fiel espejo del destino sefardí en su conjunto. Su nombre, de origen étnico andaluz tomado de la ciudad de Carmona cerca de Sevilla, lleva inscrito en sí mismo el recuerdo de un lugar de origen; su geografía de difusión, oriental más que magrebí, la vincula a los grandes focos del judaísmo otomano — Smyrne en primer lugar, pero también Salonique y Constantinople [Toledano, 1999] ; [Toledano, 2003].
Lo que puede afirmarse con certeza pertenece al ámbito de la onomástica y del contexto: el origen del nombre, su distribución, la probable inserción de la lignée en el comercio levantino y en la vida comunitaria de Smyrne. Lo que permanece en el orden de la Memoria transmitida — las figuras gloriosas, las funciones precisas junto al poder otomano, la continuidad biológica desde la Andalucía medieval — merece conservarse como patrimonio identitario, pero no confundirse con el hecho establecido. La honestidad del historiador consiste precisamente en mantener esta distinción.
El Gran Libro de los Carmona sigue siendo así una obra abierta: reclama el vaciado de los pinkasim de Smyrne, de los archivos consulares del Levante, de los registros rabínicos de Salonique y de Constantinople. Es a ese precio que la Memoria se convertirá en Historia, y que la verosimilitud cederá su lugar a la certeza.