Entre las grandes familias rabínicas del Occidente musulmán, pocas llevan un nombre tan singular y tan duraderamente ligado a una sola ciudad como el de Serero, inseparable de Fès. En la encrucijada del exilio ibérico y del arraigo marroquí, este linaje encarna el destino de los megorashim — los expulsados de Sefarad — que, tras 1492, transportaron hacia el norte de África no solo sus personas sino también su saber, sus libros y su tradición jurídica. Los Serero forman una familia de sabios españoles que se establecieron en Fès después de la Expulsión, aportando consigo su considerable biblioteca.
Reconstruir la historia de semejante linaje implica un doble ejercicio: seguir el rastro documental que dejó en las takkanot (ordenanzas comunitarias), las crónicas y las recopilaciones de responsa, y restituir la memoria transmitida que lo rodea. La presente obra intenta esta síntesis distinguiendo honestamente, en cada etapa, lo que pertenece al archivo establecido, lo que sigue siendo probable, y lo que únicamente la tradición conserva. Si el origen primero de la familia en Marruecos escapa todavía a la documentación — no existe ninguna información disponible sobre la primera generación de la familia Serero en Marruecos —, el resto de su trayectoria está, en cambio, excepcionalmente bien atestiguado, hasta el punto de hacer de los Serero una de las dinastías rabínicas mejor conocidas de Fès.
La familia Serero pertenece a la gran migración sefardí provocada por el decreto de expulsión de los judíos de España en 1492. Saul ben David Serero nació en Fès, donde su familia se había establecido tras la expulsión de los judíos de España en 1492. Este dato ancla firmemente la lignée en el mundo castellano de antes del exilio, entre esa élite letrada que eligió la travesía hacia el Magreb antes que la conversión o el peregrinaje hacia el Imperio otomano.
Uno de los rasgos más notables de esta familia reside en lo que llevó consigo: no solo una memoria erudita, sino un tesoro material e intelectual poco común. Saul Serero estaba al frente de una yeshiva, donde poseía numerosos manuscritos de los rabinos de España, que había heredado. Esta biblioteca heredada constituye un hilo conductor de la identidad familiar: vincula materialmente a los Serero de Fès con la España medieval, y explica en parte la autoridad intelectual que la lignée ejerció de manera duradera.
El apellido «Serero» está atestiguado muy temprano en Marruecos. Según Maurice Eisenbeth, historiador de los judíos del norte de África, el apellido Serero está atestiguado en Marruecos desde la primera parte del siglo XVI. En cuanto a la etimología, sigue siendo incierta y debe tratarse con prudencia: los repertorios de patronímicos no ofrecen un origen seguro, y las formas afines (Serrero, Severo, Sereno) invitan a la circunspección más que a la afirmación. Es por tanto más honesto presentar el origen ibérico del nombre como probable —confirmado por el contexto del exilio y por la atestación temprana en Marruecos— sin pronunciarse sobre un significado cuya clave no conserva el archivo.
La figure qui donne à la lignée son éclat est sans conteste Rabbi Saül ben David Serero. Les sources s'accordent sur son rôle de premier plan : Saul ben David Serero (1575–1655) fut le plus éminent ḥakham de Fès de son temps. Les notices biographiques situent sa naissance entre 1566 et 1575 et sa mort en 1655, lui prêtant une longévité exceptionnelle pour l'époque, mise au service de la communauté pendant près de soixante ans.
Sa carrière publique est jalonnée d'étapes documentées avec précision. En 1602, il fut nommé membre du ma'amad de Fès, et en 1621 il succéda à Samuel Abendanan à la tête du bet din local. Ces deux fonctions — siège au conseil communautaire (ma'amad) puis présidence du tribunal rabbinique (bet din) — résument l'ascension d'un homme passé de la représentation laïque à la magistrature spirituelle suprême de la ville. À cela s'ajoute son rôle pédagogique : il était également à la tête d'une yeshiva.
Saül Serero fut aussi un acteur de la vie législative interne de la communauté. Il fut signataire des takkanot de 1602. Ces takkanot de Castille, ordonnances qui régissaient le mariage, la dot, les successions et la vie civile des expulsés et de leurs descendants, constituent l'un des monuments du droit communautaire sépharade au Maroc ; y apposer sa signature, c'était participer directement à la gouvernance juridique de Fès.
Enfin, Saül Serero se distingue par une dimension rare chez les rabbins de son temps : le goût de l'histoire. Son intérêt pour l'histoire se traduisit par une chronologie des événements. Cette inclinaison documentaire fait de lui non seulement un juge et un maître, mais aussi un témoin et un mémorialiste de sa cité — une posture qui, par-delà les siècles, rend l'historien d'aujourd'hui tributaire de son labeur.
Lejos de reducirse a una sola generación brillante, la casa Serero se inscribe en la duración como una lignée de jueces y decisores. El motivo de la firma al pie de los actos comunitarios se repite a través de las generaciones, dando testimonio de una autoridad reconocida y transmitida. Así, entre los rabinos de Fès que, en 1698, firmaron una protesta relativa al uso de la dote, figura Menahem Serero. A casi un siglo de distancia de Saül, otro Serero continúa ejerciendo la función de garante del derecho comunitario.
En el giro de los siglos XVII y XVIII, la familia aparece en el corazón del colegio rabínico que hizo la gloria de Fès. Ḥayyim David Serero tomó asiento entre los rabinos de Fès junto a Abraham ibn Danan, Samuel ibn Zimrah, Meïr Ẓaba', Jacob ibn Ẓur y otros. Esta mención es preciosa: sitúa a los Serero en el círculo mismo de Rabbi Yaakov ibn Tsour (Yaabetz), una de las más grandes autoridades halájicas de Marruecos, y confirma que la familia pertenecía a la aristocracia rabínica de la ciudad, aquella que dictaba las decisiones más vinculantes.
La repetición de los nombres de pila — David, Saül, Menahem, Ḥayyim David, Mattityahu — de una generación a otra traza en hueco una estrategia de transmisión propia de las dinastías rabínicas sefardíes: el nombre del antepasado ilustre retorna, avivando cada vez la Memoria del fundador y la autoridad que a él se vincula. Este fenómeno, frecuente en las lignées de Fès, hace de la nomenclatura misma un instrumento de continuidad institucional. Los Serero no fueron únicamente una familia en la que se estudiaba: fueron una familia en la que la función se perpetuaba, casi hereditariamente, en el seno del bet din y del ma'amad.
Si hay un legado que distingue a los Serero entre las familias de Fès, es su relación con el libro. La tradición recuerda que fueron los guardianes de una biblioteca ibérica transmitida de padre a hijo, y el archivo viene aquí a confirmar la memoria. La familia trajo consigo, al establecerse en Fès, su considerable biblioteca. Este fondo no era un simple ornamento: Saul Serero poseía numerosos manuscritos de los rabinos de España, que había heredado.
La conservación de manuscritos sefardíes por una familia de Fès reviste un alcance histórico considerable. En un mundo donde el impreso hebreo seguía siendo escaso en el Magreb, poseer los escritos de los maestros de Castilla y de Aragón confería un poder intelectual: el de juzgar según las fuentes, citar a los antiguos, dictaminar con la autoridad de los decisores anteriores al exilio. La yeshiva de Saül Serero, sostenida por este tesoro, se convirtió así en un hogar donde la tradición española se transmitía sin ruptura.
La inclinación historiográfica del linaje prolonga esta cultura del documento. La crónica llevada por Saül Serero —recensión de acontecimientos ocurridos en Fès— responde a una labor de archivero tanto como de erudito. Aquí, memoria familiar e historia documentada se encuentran: lo que la familia quiso conservar de su pasado es precisamente lo que el historiador moderno moviliza para reconstituirlo. Esta convergencia justifica situar el presente capítulo en la intersección de la tradición y el archivo, iluminándose una a la otra sin que siempre se pueda, a falta de inventarios completos de los manuscritos hoy dispersos, medir toda su extensión con certeza.
Rasgo notable, la familia Serero no se dispersó al ritmo de los vaivenes políticos de Marruecos: permaneció, generación tras generación, vinculada a Fès, su ciudad fundadora. Esta permanencia poco común se verifica hasta el siglo XX. Los repertorios genealógicos dan así testimonio de Rabbi Ḥaïm David Serero, nacido en 1883 o 1884 en Fès, hijo de Mattityahu Serero, designado gran rabino, y de Rebecca nacida Botbol.
Esta nota de principios del siglo XX confirma que la función rabínica seguía siendo, tres siglos después de Saül, un asunto de familia: un Mattityahu Serero calificado de gran rabino, un hijo de nombre Ḥaïm David —retomando el nombre del rabino de Fès de los albores del siglo XVIII—, una alianza matrimonial con otra gran casa de la comunidad, los Botbol. La red de alianzas revelada por las fuentes genealógicas, que vincula a los Serero con las familias Botbol, Shitrit, Bensimon o Assaraf, ilustra el lugar central de la lignée en el tejido social judío de Fès.
La continuidad del arraigo en una misma ciudad, desde el exilio de 1492 hasta el umbral de la época contemporánea, convierte a los Serero en un caso ejemplar para la historia de los judíos de Marruecos. Allí donde tantas familias conocieron la errancia entre Fès, Meknès, Salé, Tétouan o Marrakech, los Serero ofrecen la imagen de un enraizamiento casi ininterrumpido, ligado a su función misma: guardianes del tribunal, de la biblioteca y de la Memoria de una comunidad que los reconocía como una de sus columnas. En el siglo XX, con el declive del judaísmo marroquí y las grandes migraciones hacia Francia, Israel y Canadá, el nombre Serero acompañó a la diáspora marroquí en su nueva dispersión, llevando a lo lejos la Memoria de Fès.
La historia del linaje Serero condensa, en una sola familia, varios siglos de historia judía: el exilio de Sefarad, el arraigo magrebí, la fidelidad al libro y la transmisión de la carga rabínica. Desde la llegada a Fès después de 1492, con su biblioteca como único viaticum intelectual, hasta los grandes rabinos del siglo XX, la casa Serero ilustra la manera en que una élite sefardí supo convertir una herencia amenazada por la expulsión en una autoridad duradera, casi dinástica.
La figura de Saül Serero — ḥakham, juez, maestro de yeshiva, signatario de los takkanot y cronista de su ciudad — sigue siendo la encarnación de ese logro. En torno a ella gravitan los Menahem, Ḥayyim David y Mattityahu que, de firma en firma y de generación en generación, mantuvieron el nombre en la cima de la jerarquía comunitaria. Si la primera generación marroquí escapa todavía a la documentación, el conjunto del recorrido, en cambio, reposa sobre una trama de archivos y catálogos sólidos. El Gran Libro de los Serero se cierra así sobre la imagen de un linaje fiel a una ciudad, a un libro y a una vocación — la de proclamar el derecho y conservar la Memoria.